sábado, 10 de marzo de 2012

VARIACIONES SOBRE MARCOS CARIAS REYES. GILBERTO GONZALEZ Y CONTRERAS

Gilberto González y Conterras (1904-1954)
                                               


1

Hay dos caminos que casi nunca maridan: el de lo frívolo y el de lo profundo. El escritor de halla obligado a decidirse por uno de los dos. ¿Queremos ser grandes ?.
Hay que profundizar en nosotros mismos, y resignándonos a perder esas coyunturas de elegancia y aislamiento, es preciso que nos hundamos en la marea colectiva. Vivir en medio de las gentes, y vivir hermándonos a éllas, si queremos ser los señores de nuestro arte, es ir aprendiendo la disciplina de la observación. Grandes observadores fueron Güiraldes, Gallegos, Rivera, Quiroga. Su obra perdura porque supieron medir la talla de sus respectivos ambientes. En cambio, la obra frívola y elegante de un Gómez Carrillo, de un Sux o de un Sassone, ya va quedando nada más que como curiosidad de biblioteca. Es que lo frívolo suele ser un producto de desasimiento de la tierra, de fuga de la problemática humana. Elegancia y frivolidad son expresiones extremas del hedonismo.
He traído a cuentas las actitudes púgnales de lo frívolo y de lo profundo, porque ellas, confluyendo en el espíritu de Marcos Carías Reyes, le forman el meollo de su drama. Carías Reyes pertenece a la generación hondureña de 1930.
Cultiva una prosa brillante e imaginífera. No se sitúa nunca en el territorio de la pura invención, pero tampoco se mantiene apegado a los valores telúricos. Es un hombre que sufre la movilización general en el dominio de las letras.
El bronco suceso real, vestido con todos los arreos exteriores de la magnificencia idiomática, asoma en sus siete libros, sin que invada por completo
los amables recintos donde el telurismo y el ingenioso fantaseo pretenden copular. No quiere aferrarse, pero tampoco quiero huir de este mundo histórico. Abiertas mantiene al público todas las estancias donde – con atuendos preciosistas – se expanden esos airosos preparados artísticos que revelan al risueño ejercito del narrador y del mozo que cultiva las crónicas mundanas. Pretendiendo salvarse de la borrasca dramática que conmueve al mundo, se entrega de lleno al deleite de describir zonas sociales o por una de esas tormentas psicológicas de campo deportivo.
Desde “Germinal”--- el libro de su adolescencia --- se nota en Marcos Carías Reyes el predominio de los sueños y de las cosas vagas. De sus relatos hay tres que sobrenadan: “Amor sacrílego”  “La dádiva” y “El carnaval de los locos”.
El primero, es la tragedia silenciosa de una vida en enclaustramiento; el segundo es una tentativa de enfrentarse a la opresión y a la injusticia y de ponerse a vivir las realidades hondureñas; y el último, es un despliegue de ingeniosidades, matizadas con reflexiones agudas y con un filosofar desencantado. Las actitudes antinómicas de Carías Reyes se hallan aquí latentes, aún en los títulos de las dos partes del libro: “Huerto lírico” y “Aromas del terruño”. Ellos comportan desasimiento y ansiedad por adentrarse en los valores telúricos. En el libro siguiente: “La Heredad” el que priva es el sentido de la tierra. De la selva al llano se alzan los mitos y pugnan las apetencias. El ambiente es de rudo y patético patriarcalismo. En torno al personaje central: el hombre fuerte que se hizo en las montoneras, y ya de regreso se dedica a enfrentarse con la tierra, a talar el bosque e irse construyendo una heredad, en torno a ese varón de reciedumbres primitivas, se agrupan las escenas y se desenvuelven   los cuadros secundarios.
Cuando se acaba la novela, el personaje que emerge con aliento poderoso, es el cabo Emeterio, tipo arrancado al espíritu de las sublevaciones, que no solo con
el sudor de sus brazos sino que con la sangre de sus hijos, ha fecundado la tierra maternal. Tipos como este se encuentran a menudo de punta a punta de nuestro lacerado continente.
No obstante, Carías Reyes no alcanza a revivir las realidades ni ofrece una interpretación sustantiva del ambiente. Su novela, al igual que sus cuentos, sufren la impedimenta del formalismo. El creador de imágenes se sobrepone al analista y el argumento se lastra de exuberancias idiomáticas y de matices eruditos.
Las dos obras siguientes del hondureño: “Prosas Fugaces” – 1938 – y “Crónicas Frívolas” – 1940 --, giran dentro de la órbita del modernismo de matiz romántico. El prosista no aplica la oreja al corazón de la humanidad coetánea.
Si mira a su tierra no es para captarla en su desorden y en su amargura, en el barruntamiento de las fuerzas convulsas que se desatan en su derredor, sino para hacer gala de un lirismo precociosista. El estilo se le complica de sutileza y luce recargado de joyas, de artificios formales y de vocablos que cantan. Aún cuando evoque a Tegucigalpa, al indio o la Semana Santa en Guatemala, no mira hacia el dolor, hacia la tristeza y la opresión de un pueblo, sino que transita los caminos de la mera sinfonía, en que las palabras pierden su significado intrínseco, para asumir una polifónica y donairosa potestad de evocación. El idioma no pinta: canta.
El afán de una lengua cantarina se arremansa en “Crónicas Frívolas”. De los senderos de Honduras, Carías Reyes se ha lanzado a los caminos de Europa. Labor de estampería es la que realiza. París, Londres, las ciudades próceres de España, han sido vistas con sensibilidad intensa y delicados matices. Solo que las crónicas se le trasmutan en simples sinfonías verbales, en galanura plateresca o manchas de color, puesto que por ellas no repta el gran escalofrió de la tragedia humana. Las que Carías Reyes traza son encantadoras falsificaciones, vaciadas en dilatado cántico melodioso, pero al margen del torrente conflictual y de los intereses vitales de Europa. Así, lo que gana en elegancia estilística y en valores idiomáticos, lo pierde en interpretación; sus estampas se desenvuelven al margen de todo frenesí, desperezándose en el ensueño, en el arqueologismo, sin deseo alguno de lanzarse a zozobrar en un momento de extrema gravedad para el meridiano europeo. A lo que se entrega es al deleite de la abstracción o al voluptuoso juego metafórico, con lo que Carías Reyes se ubica, en estas crónicas, dentro de un genero condenado a la impopularidad.
“Cuentos de lobos” --- 1941 – marca el retorno a los valores vernáculos. Aquí se nota ya un cierto sentido de madurez. El estilo se le ha ido despojando de galas, tanto que comparado con el de algunos cuentos de “Germinal”, casi resulta sobrio, sin que haya perdido, al adquirir concisión, ninguna de sus cualidades de fuerza y de armonía.
Carías Reyes mira con ojo zahorí hacia su tierra ensangrentada, hacia los trabajadores empobrecidos, hacia las existencias cómodas de los burgueses, y de ese triple objetivo va saliendo un país heterogéneo, una Honduras donde todavía no se ha resuelto la unidad espiritual. Divídese el libro en “Cuentos de lobos” --- o sea de hombres que han vivido las guerras civiles ---, “Cuentos de perros” --- o sea de existencias miserables de campesinos y obreros --- y “Cuentos de gatos”, en los que supervive la tónica modernista y que le sirven para encuadrar seis aventuras intrascendentes de la burguesía explotadora. Tres climas, tres rutas, tres actitudes. Por todos lados se presentan antinomias de cultura y de barbarie que al enfrentarse se disuelven y mezclan en medio del caos hervoroso de la creación social. Todas las latitudes se incorporaran para
convertirse en un amasijo de reacciones, de complejos populistas, de donde debe brotar, como de la roca el agua, el autentico espíritu de la hondureñidad.
Para mi gusto, hubiese suprimido las historias de gatos, que no añaden valores al libro y que son residuos de una época literaria que Marcos Carías Reyes ya ha superado. En “Cuentos de lobos”, los antañones ancestros telúricos reclaman su jerarquía. Los que recoge son trozos de vidas que se desangran, gestos heróicos que flotan sobre el anonimato para convertirse en capullos trágicos de una existencia turbulenta. Pero donde en verdad se levanta Carías Reyes en toda su estatura de escritor, es en “Vidas Rotas”, “La familia de Jacinto” y “Al azar”. Son tres relatos en los que la miseria, la angustia y la explotación del pueblo, han sido apresados en su dramática desnudez. En Juan Francisco y Leonor se han centrado la dulzura, el impulsivismo y la fatalidad del agro. En Jacinta y don Julián se pone en marcha el drama de las muchachas que se dedican al servicio domestico, en Miguel, ese adolescente tuberculoso, que muere a la intemperie, entre el aserrín de una fábrica de hielo, palpita la denuncia de un régimen oprobioso, de una sociedad que mutila el alma de los niños, y los arroja a las fauces de la degeneración y la miseria.
“Cuentos de lobos” y “Cuentos de perros”, tienen una acción vivaz, llena de atisbos sociales y de lances angustiosos, cosa nueva en el autor. amigo de refinamientos y de palabras sonoras, en los dos tercios de su último libro, Marcos Carías Reyes abandona sus antiguas maneras, y adviene a una intriga fuerte y a una limpia exploración social. Ya no se nota el deleite sensual del estilo sonoro sino que la voluntad de traducir el espectáculo del mundo circundante.
Así se redondea su fisonomía literaria. De intentar una clasificación, habría que ubicar a Carías reyes entre los modernistas románticos, con quienes le une la pasión del estilo, el individualismo sin trabas y el deseo de sobrepasar los niveles morales corrientes. No ha entrado por completo en el cuento con el dominio del género de un Horacio Quiroga o de un Augusto Mario Delfino. Hay en el, más la madrea de un excelente prosador que la de un cuentista autentico.


2

“LA HEREDAD”

Esta es una novela primigenia.
Con ella Marcos Carías Reyes toma carta de ciudadanía en la literatura centroamericana. El autor nació a la consideración de la crítica y el periodismo de seriedad zoológica. Para mí. “La Heredad”, con todos sus defectos de técnica novelesca, inherentes a toda primer tentativa del arte narrativo, es una toma de conciencia de la tierra. Toda toma de conciencia  es una actitud genésica. De ahí que la mayor parte de novelas americanas sean novelas del génesis, novelas en que lo primordial es la tierra bárbara y la dimensión civilizadora. A esa índole pertenece este libro, reeditado a los once años de su nacimiento. De ahí que desee verlo en manos de la juventud, pero no sometido a la vejación de la muchedumbre, como esos novelones de pies débiles de Hugo Wast o esos mamotretos de cursilería ramplona suscritos por Pérez y Pérez, el plumífero hispano a quien los jesuitas le sirven de altavoz.
Carías Reyes, que en sus otros libros ha practicado deportivamente la frivolidad, en su primer novela intentó afianzarse a lo terrígena, así como en sus “Cuentos de Lobos” fue modelando en barro ángulos en sombra de la realidad social hondureña. En “La Heredad” maneja la jabalina del realismo, y la hunde hasta las costillas de los personajes; de esos personajes en que se fagocita la civilización y la barbarie, que funcionan poderosos, aunque los pueblos se pudran.
Conoce Carías Reyes las debilidades y los machismos de los hombres, de sus coterráneos, y los retrata en calzoncillos de mezclilla, sin que el bisturí se clave hasta la cal de los huesos. Sabe de la realidad tremenda de las revoluciones ---no de las revoluciones sino de las montoneras y los motines --- y pone a andar a sus animadores, en viaje redondo que parte de la hacienda Santa Fe y a élla vuelve con su carga de crueldades, su experiencia sangrante y su sabiduría del alma humana, que es un hablar frecuente con los animales.
Con vigorozo trazo, Carías Reyes penetra hondo en las cosas de su tierra y va en procura de radiografiar los orígenes del caudillismo. De un caudillismo a doble filo: el de los caudillos bárbaros y el de los caudillos civilizadores, el de los hombres que se dedican a los huesos y la sangre y el de los que esgrimen el arte rejonero de la razón. su género es potable y no lo esconde.
Más que los personajes intelectualizados: Marco Tulio y El Pensador, que ven las cosas antes en los libros que en la vida, la razón está con los personajes de instinto, con el bárbaro Juan García y con la figura venerable --- acaso demasiado venerable --- de “El Patriarca”. Si a los primeros los atormentan problemas de cultura—y hasta una punta del torcedor metafísico---, en los segundos está Honduras, con su maceramiento y sus decepciones, con su torbellino pasional, en el que hurga el novelista encontrando la oportunidad de jugar al balompié con su angustia.
Total … que las 238 páginas de “La Heredad” con todo y su lastre aleccionante, con su brulotismo antibárbaro, como el esgrimido por Sarmiento en el “Fecundo”, con su mantener soterrado a lo novelesco, por exceso de realismo y de riqueza lírica, es novela en que no se ha mellado el optimismo, sino que se mantienen en todo su filo como los machetes en los hogares campesinos.
Por otra parte, Marcos Carías reyes, que no vino a la vida literaria para mantener en el aire la atarraya de lo frívolo y de los puntos fugaces, en “La Heredad” como más tarde en “Cuentos de Lobos”, no maneja la esponja, ni se ocupa de idioteces megafonicas, sino que asume la responsabilidad de los errores de su pueblo, que tienen firma y sello como los pases de todos los trenes.
“La Heredad” no es libro que pasta en un alfalfar abierto, sino en un pedazo de Monte, en el que la esperanza se hospeda junto a animales peligrosos. Esta es una novela con nitroglicerina, una novela de calidad vernácula y valores idiomáticos, en la que albea una tentativa de literatura social, quizá de redaños muy profundos, pero perceptibles alojo del buen observador.
Entendámonos en esto de la literatura social.
Lo social, que siempre ha existido y que no es patrimonio de la dialéctica marxista, es cierta labor o cierta orientación, no importa de qué época o escuela, definidores de una colectividad. De ahí que Marcos Carías Reyes sea socialmente definidor en “La Heredad”, por cuanto contribuye a la definición y esclarecimiento de estados sociales de Honduras. Podrá reprochársele por apasionado, se le puede señalar exceso de idealismo en la pintura de frente de don Salvador Andino y el Dr. Antonio del Castillo y exceso de sombras y crueldades en el trazado del perfil de Juan García—los tipos antagónicos de caudillo—pero este es el defecto de toda novela de tesis, de todo documento con vocación civilizadora, de “Amalia” y “Facundo” a “Canaan” y “Doña Bárbara”.
Novela terrígena y misionera, este libro puede ofrecer nutrimiento a la virilidad de los jóvenes, porque en su intervención quirúrgica, al poner al descubierto el imperio de la barbarie y del despotismo, enriquece la sangre en glóbulos nuevos, amplía los horizontes al mirar desde los cerros más altos, y a Honduras le descubre los estigmas espirituales, con las ventajas de una nueva fe y con todas las ventanas de la comprensión abiertas de par en par.

ARTICULOS Y DISCURSOS
Nada más volandero que un artículo a no ser un discurso. Un artículo es libélula de ideas, vuelo de mosca imaginativa, molino para la harina de las horas. Un discurso es voluntad de lo móvil al viento y con maquillaje, uso del aire cotidiano. De ahí lo difícil que es darle permanencia a lo volandero, perennidad
Al hilo del discurso. Todo depende de la dimensión empleada a favor o en contra de la biología ambiente.
Hay artículos almendra y discursos máscara.
A los primeros hay que mondarles la corteza para llegar a su sentido; a los segundos, para verles el rostro, no debe escrupulearse claro discernimiento. Artículos y discursos, agavillados en haz de espigas fértiles, son los que entrega Marcos Carías Reyes, con vocación de almendra y máscara. Socavones en la mina desalma, realizados en épocas distintas y en circunstancias dispares, tienen de común el afán esclarecedor y el paso firme hacia un tamaño de cultura. 
Expresiones hacia fuera de un hombre ensimismado, de un rico vivir en el trasmundo auscultándose la soledad de la propia vida, estos artículos y discursos—en sus dos tercios – no desfallecen en la prueba atlética de la perennidad.
En su horizonte más ancho galopan por debajo de la historia, tomando una punta del velo de la vida del General Francisco Morazán, el hombre de la tronchada hospitalidad del heroísmo, por quien Centroamérica es más grande, ya que a más de legitimo conductor de pueblos fue amigo de los dioses, rompiendo siempre lanzas con la oscuridad de los que no tienen más puerto que sus privilegios.
Este libro, en seis de sus mejores artículos y discursos, está consagrado a Morazán. Su motivo es centenarista, pero el centenario, es decir, lo externo, le sirve a Carías Reyes—hombre de la continua veta hacia adentro—para abrirle las puertas al corazón generoso, y para tomar al héroe en sus aspectos humanos. Interesado está en dejar que se entrevea al hombre, a la persona, por debajo del héroe. Su indagación es hacia la raíz, aún cuando sus palabras parezcan dirigirse a la copa, del aire y del paisaje orgullo.

Si; a estos “aspectos de grandes hombres”, sobre todo a este “Morazán-Hombre”, hay que ponerlo a andar con pies ligeros, porque gentes hay empeñadas en que se olviden del héroe los servicios prestados, y en especial del sér íntimo el torcedor de angustia de quien padeció por Centroamérica por cuanto nos conoció en el estado más indigente que puede conocerse a una colectividad. Todo, no en las tierras, sino en las almas, estaba sembrado de viento, vacío de ideas madres, como el cerebro de un parlamentario. Morazán fue el fermentador de las ideas madres de la nacionalidad, el que puso el patriotismo a la intemperie, porque sólo así, en ebriedad de lo eterno, pudo meterse en tamaña empresa unificadora, llegando a las puertas de la gloria, sin que nadie lo recibiese, a no ser los claveles de la sangre en Costa Rica derramada.
El único reproche que yo tengo que hacerle a Marcos Carías Reyes, es que nos ha dado, junto a las indagaciones y figuras morazánicas, junto a ese apretado y tenso considerar “Aspectos históricos y sociales de Honduras ”, a esas leves fugas e intermezzos líricos, en los que “Copantl” se ayunta a consideraciones en torno a la Feria del Libro, unos cuantos discursos de materia bélica, es decir, junto a la profundidad y hermosura de lo nuestro, el compromiso con esta gran desventura, que muchos trastornos ha de traernos, por cuanto la impecabilidad del guante blanco apenas encubre o disimula lo tremendo de la guerra del tigre, que no por ser ingenua deja ser menos garra.
Los “Artículos y Discursos” de Marcos Carías Reyes nos satisfacen, conmoviéndonos, en todas aquellas partes en que discurre a la sombra del hombre héroe, de las cosas de la tierra maternal, de nuestro mensaje o nuestra misión de cultura, no cuando entra a considerar la guerra, esa gran mentira que a costa de la sangre está nutriendo un nuevo reparto del mundo.
Dejemos, pues, de lado, lo que es compromiso del escritor introvertido con las circunstancias en que se desenvuelve y que debió omitir, al igual que sus escritos de carácter político, y quedémonos con las otras dos partes, con la zona más ancha y más fértil, porque de ella se nutren conglomerados de fagocitantes de la cultura.
De ahí que, lo de legítima vocación e interés, en estos “Artículos y Discursos”, sea aquello en que Marcos Carías Reyes se pone las botas de siete leguas de la evocación o echa a andar su olfato crítico que tiene habilidades de cow boy y se pasa peinando el sauce de la historia para arriba. Su talento no es inútil como biblioteca de rico, sino fertilizante como anaquel con libros de pobre que se desentelaraña los rincones secretos del espíritu. Muchos de quienes lo lean --- aún después de haberlo oído, tendrán la sensación de que reciben un vaso de jugo de mora bien fría en la garganta reseca. Porque frialdad tonificante es lo mejor de su palabra, frialdad que no gana a perfección sufrida, sino a entregar ideas con reembolso a la banca siempre difícil de la reputación.

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