domingo, 5 de agosto de 2012

LOS BERMUDEZ MEZA: UNA FAMILIA DE LITERATOS

Antonio y Rubén Bermúdez Meza. Tegucigalpa, 1922




LOS  BERMÚDEZ MEZA:
UNA FAMILIA DE LITERATOS

Era Juticalpa, la vieja: la de las campanas al vuelo a la hora del ángelus; la del polvo acuchillando la piedra, con la sombra del siglo otra vez a punto de morir. Habían casonas señoriales y almacenes; peatones vestidos  de rigor; carruajes y jinetes afanados en llegar a ninguna parte. Así era la Juticalpa donde jugaron, crecieron y un día contrajeron matrimonio don Rubén Bermúdez Aguiluz y doña Paz Meza. Fue en 1880 según lo hace constar un desahuciado libro de memorias. Don Rubén era un hombre ilustrado, dado a la buena conversación y a las lecturas de sobre mesa; doña Pacita, que así llegaron a conocerla y a llamarla sus cercanas amistades, era un alma doméstica, entregada a la tradición y al trabajo hogareño. De ese amor cándido y vertebrado que se tuvieron, nacieron 8 hijos; vasto número como era la tradición entre los matrimonios de esa época. Antonio, el mayor, y por lo tanto, primer fruto y primera cabeza, nació el 10 de junio de 1881. Lo seguirían por su orden; Francisca, Emilia, Paz, Rubén, Maruca, Elena y Néstor, última vibración de un vientre iluminado. De estos hermanos, de esta familia juticalpense y mas tarde sampedrana, nos interesa historiar tres de ellos, y no por un purito ni un machismo sin alcances, sino porque los tres varones, Antonio, Rubén y Néstor, fueron tocados extrañamente por la pasión literaria, pasión en la cual se hundieron y navegaron con meritísima altura.

La forja de otras ilusiones y la búsqueda de un horizonte más propicio, obligaron a los Bermúdez Meza a trasladarse a San Pedro Sula, ya comenzando el siglo XX. Muy pronto las señoriales casonas de bahareque y adobe dieron paso a otras, extrañamente altas y con corredores y patios frutales, y donde la lluvia producía un infernal tamborilero al caer sobre los oxidados techos de zinc. Ese cambio, permitiría a don Rubén practicar con más denuedo el oficio poético que traía escondido en la sangre. Tal es así que el 9 de octubre de 1912, en un diario capitalino apareciera publicado un soneto al que le dio por título “Avéspero”. Mientras tanto Antonio, el primogénito, quien había cursado sus estudios primarios allá en Juticalpa, tocándoles la gracia de ser pupilo del gran educador cubano Francisco de Paula y Flores, obtenía en 1904, su título de Licenciado en Jurisprudencia en la entonces Universidad Central de Honduras. Ese mismo año, Rubén -el adonis tocado por los ángeles - recibe del gobierno del General Manuel Bonilla, una beca para realizar en los Estados Unidos estudios secundarios y superiores. Tenía sólo  15 años Rubén cuando inicia su periplo por tierras anglosajonas, donde tiempo después de obtener su High School, ingresa al prestigiado Instituto Tecnológico de Massachussets, lugar entonces como hoy, reservados a las inteligencias  mas  altas,  pudiera  decirse  que 1904 fue  un  buen año para la familia que veía con beneplácito coronar e iniciar estudios a dos de sus miembros. Entre los alumnos graduados con Antonio ese año, estaban Paulino Valladares, Manuel Ugarte, Miguel R. Montoya, Enrique Uclés, Trinidad Valeriano y otros no menos importantes. Al solo graduarse, comenzó una meteórica carrera como profesional del derecho y como hombre público. De 1914 a 1919, fue electo diputado, volviendo al mismo cargo en 1924, después de terminada la sangrienta guerra fraticida de ese año; pasaría luego a brindar cátedras en su especialidad en la Facultad de Derecho de nuestra Universidad. Fue también Magistrado a la Corte Suprema de Justicia en los periodos de 1929 al 31; de 1938 al 42 y de 1943 al 48. Ligado muy cerca al régimen del Doctor y General Tiburcio Carias Andino, fue Ministro de Relaciones Exteriores en el periodo de 1933 al 36. Ya  antes, en 1919 se había desempeñado como miembro del consejo de Ministros, encargado todos los procesos de transición del Poder Ejecutivo, ocupando la cartera de Hacienda y Crédito Público.

En 1912, a la edad de 23 años- había nacido en Juticalpa el 29 de diciembre de 1889- regresaba Rubén a su tierra natal con un extraño y rimbombante  título: Ingeniero en Minas. No en balde el humanista olanchano, Medardo Mejia, quien había sido su alumno en el Instituto la Fraternidad, lo bautizaría tiempo después, con el augusto mote de “Ingeniero en almas y minas”, para referirse a las dos grandes pasiones del aeda. Por ese tiempo se explotaban las minas de San Juancito, pero la compañía encargada de tal explotación sólo empleaba ingenieros norteamericanos en ese oficio, por lo que a Rubén, imberbe y con la poesía asomándole en la frente como un sol imantado, tuvieron que colocarlo como Subdirector de la Escuela Normal de Varones de Comayaguela, ente entonces rectorado por el no menos notable Pedro Nufio. Poco tiempo duraría Rubén en ese puesto, al cual renunció, no por no gustarle la enseñanza, sino que por tratar de ser más útil en el renglón que él había estudiado con tanto sacrificio.

El ingeniero Luis Bográn Morejón, lo llama para que se haga cargo del ramal ferrocarrilero que conduce de San Pedro Sula a Potrerillos. Parte de ese trabajo, más congruente con sus habilidades, fue la construcción de un puente de hierro sobre el río Ulúa, muy cerca de la comunidad actual de Pimienta. Casualmente, uno de los poemas mejor estructurados y mas conocidos de Rubén Bermúdez, está inspirado en ese puente, obra monumental del ingenio del hombre moderno. El poema, un soneto, a la letra dice:



AL PUENTE DEL ULÚA

Corta su perfil siniestro contra el claro horizonte;
Una como charada de varilla de hierro,
O bien el esqueleto de un grueso mastodonte
Agazapado y fiero sobre el flanco del cerro.

Sus arcos asimétricos retiemblan de repente
Sobre el dorso del río, que se inquieta también
Cada vez que trepida sobre el piso del puente
La fugaz fantasía de la huida de un tren.

Cuando apenas concluido, recibió su bautismo
con los rituales todos que exige el paganismo
y que a la fiesta alegre vinculados están.

Porque un día, una dama, dilecta y linajuda
Le rompió en el costado, frente a una turba ruda,
Una botella añeja de vino de champán…

En este soneto, Rubén Bermúdez Meza, hace gala de una destreza poética al utilizar la ironía como instrumental, al comparar los pesares y avateres de la costosa construcción con el divertimiento humano de la inauguración de la monumental obra, quebrando una dúctil y maleable botella de champán en uno de sus fierros, ante una multitud linajuda y atolondrada por la magia del tren y su paso.

Néstor, mientras tanto, había nacido en Juticalpa, como todos, el 16 de abril de 1896, a escasos 4 años de que terminara el siglo XIX. Contrario a sus otros dos hermanos, escogió una carrera humanística como pocas: El Magisterio.

En 1916, a los 20 años, egresó de la Escuela Normal de Varones de Comayaguela, misma en la que había sido subdirector su hermano Rubén. Comenzó su apostolado educativo en las escuelas de San Pedro Sula y Omoa, hasta llegar ser electo Secretario de la Corporación Municipal de Puerto Cortés y convertirse, más tarde en un alto empleado de la Compañía Frutera Cortés Development.


Viviendo en Cortés, incursionó en el periodismo siendo por un tiempo Director de “El Marino”, prestigioso periódico que se editaba en esa población costera y que dirigiera más tarde, el aguerrido periodista paceño, Heriberto Castillo. En 1933, al arribar al poder el General Carias, es nombrado Canciller de la Legación hondureña en París. Lo acompaña en este viaje, como Cónsul, el también periodista y escritor Julián López Pineda, quien va a sustituir a un olanchano de cepa, Froylan Turcios, quien por discrepancias con las nuevas autoridades de la Nación, ha decidido renunciar.

Rubén Bermúdez, como su hermano mayor, Antonio, llegó a ser un prominente nombre público: diputado al congreso, Superintendente del Ferrocarril Nacional y Alcalde Municipal de San Pedro Sula, en 1929, un año antes de su sentida como inoportuna muerte acaecida en 1930, a la temprana edad de 41 años. La obra poética y narrativa de Rubén queda, a su muerte, dispersa. Es hasta en 1932, que su hermano Antonio la recoge de un libro póstumo al que tituló “Ramillete Lírico”.Al abrir sus páginas y reencontrarnos con la escritura serena de Rubén, no podemos dejar de leer, las opiniones de sus mas cercanos amigos, y porque no, de sus admiradores. Clementina Suárez, gran poeta y como Rubén, olanchana de nacimiento, dice al referirse al opolíneo aeda; “Aún me parece verlo tal cual apareció ante mí, la primera vez. Su compañera me lo delató. No había duda, ese era Rubén, el de la cabeza erguida, y cabello undoso, ojos pardos y desdeñosos y labios crueles…si, sinuosos y finos, que no dejaban adivinar el tamaño de la boca. De rostro impecable, siempre acabado de afeitar, se transparentaba a través de su blancura, las venas azulísimas.

Caminaba desdeñosamente, magníficamente; tenía el gesto de un Dios que se ríe de los mortales. Odiaba las fórmulas aristocráticas, que no fuesen las de talento, y se burlaba de nuestras costumbres de villorio. Era un exquisito y un gran despreciativo, levantaba la copa y dejaba ir el humo de su cigarro. Despreocupado hasta parecer que no se fijaba en nada, captaba hasta la mayor insignificancia. Amaba con vehemencia y se hacia amar con delirio. Era un civilizado en el amor, aceptaba el divorcio como un ligero trámite. O quizá se divorciaba para prolongar el amor. O para librar a la mujer amada de los sufrimientos de su bohemia.

Porque Rubén era un bohemio, un bohemio que iba cara a la luna, ahogándose en la efervescencia de sus delirios, en la embriaguez de sus ensueños. Sus manos blancas y de gran marqués, parecían hechas para pulir el más sutil de los sonetos al par que el más grandioso de los poemas de cemento. Las dos obras las fabricaba con manos de artista.

Sus carteles de ingeniero son bien conocidos. Fue el mejor de los estudiantes de su época, y en una de las Universidades mas acreditadas de Estados Unidos. Hombre dinámico, dejaba huellas luminosas por donde pasaba. Ya casi en sus últimos años, tuvo la alcaldía de San Pedro Sula, de donde por su actuación, debía haber pasado a la presidencia de la República.


Su voz metálica, prolongada y acariciante, y su prosa florida, y su pensamiento auténtico y convincente, le dieron la honra, de arrebatar a las multitudes como orador. Sano de cuerpo y de alma, tenía grandes cariños que los fomentaba con ternuras de chiquillo. Hablando de su hermano Toño se encendía como un adolescente, le quería con algo de religioso y divino. Somos gemelos me dijo una vez: pensamos sentimos y nos queremos igual. Ahora después lo he podido comprobar, cuando a Toño al hablar de Rubén, se le humedecen los ojos. ¿Qué mas puede pedírsele a un hombre que sabe ser transparente en sus afectos?...Nada. la pureza de almas lo justifica todo.

Lo vi la última vez, cuando fue a despedirme al tren que me llevaría a tomar el barco para México. A pesar de lo gentil, de lo optimista que era siempre, y de su figura apolínea y de su perfil florentino, y de su hablar tan benévolo, mi intuición de mujer lo sospechó cansado, abrumado por el hastío, melancólico…

Después… una fría noticia del cable nos anuncia su muerte, murió como había vivido, magnífica, desdeñosamente, como Dios que se ríe de los mortales.”

Rubén Bermúdez Meza, contrajo nupcias con la profesora, más tarde escritora y gran feminista, Graciela Bográn. El destino trágico que habitaba en Rubén, terminó separándolos. A su muerte, doña Graciela recuerda esos momentos con una altura y un temple poco vistos en mujer alguna:

“Hoy hace dos años que en un día gris, su cuerpo ya sin aliento, encerrado en una caja de madera, fue llevado al cementerio bajo el sudario frío de una lluvia doliente, como llanto vertido por las cuencas del infinito.

Desde mi casa, muda y desolada, seguía la marcha de la fúnebre procesión. Cuando las campanas de la iglesia soltaron sus lamentos, de tal modo repercutieron en mi pecho, que creí que incapaz de contener tanto dolor, mi corazón estallaría en un desgarramiento de sus fibras. A lo lejos vi perderse la muchedumbre enlutada y los carros cargados de coronas de ciprés salpicadas de rosas blancas y heliotropos lilas.

 Seguí largo rato inmóvil, con la mirada perdida en la lejanía, mientras con la imaginación seguía la marcha del cortejo.


En estos momentos- me decía- pasa bajo las acacias de la Avenida…ya traspasa la puerta del campo santo… se detiene frente a la fosa… la tierra lo cubre ya y lo acuna en sus seno de madre…Todo está consumado.”

Más tarde y una vez consumada la separación con doña Graciela, Rubén viaja a su pueblo natal, Juticalpa. Pero dejemos que sea la voz de Medardo Mejía quien nos cuente, entre anécdota y metáfora, ese momento:

“Un día se dijo en Juticalpa, cabecera de Olancho, que Rubén Bermúdez llegaría en un avión. En efecto, llegó en el primer aparato que planeaba la llanura olanchana, lo manejaba un aviador de habla extranjera y aterrizó en la sabana inmensa de Cayo Blanco, de aquel lado de Guayape, arteria cósmica.

El poeta ingeniero andaba de paseo y en ejercicio de su profesión. Fue y vino a Catacamas quien sabe en qué observaciones y medidas. Y a la vez que dibujaba planos escribía versos que leía a sus amigos. Permaneció seis meses en Juticalpa, tiempo que aprovechó para acercarse al Colegio La Fraternidad, que se llamaba entonces por tener renta propia y no depender del estado. Quiso pagar al colegio el bachillerato que el había dado con honro sirviendo, gratis, la clase de trigonometría. Por cierto que la sirvió con la elegancia de un egresado del Instituto de Ingenieros de Massachussets.

Asistimos como alumnos a la clase de Rubén Bermúdez y allí nos dimos cuenta de que las matemáticas con difíciles cuando las enseñan mentalistas de una capacidad rutinaria o dómines que ignoran las máximas inspiraciones que brotan de la divina ciencia de Platón y de Dicfanto. Para alcanzar algún éxito relativo, conviene apreciar las matemáticas desde el campo filosófico. De aquí viene que cuando las exponen personas como Rubén Bermúdez, las matemáticas se vuelven un jardín de Alá, música, poesía, miel hiblea. Después de oír, entender y comprender al inspirado profesor, pasamos la materia con alguna brillantez, porque en aquella ocasión quisimos exigiéndole a la mente esfuerzo doble, corresponder al artista con un ademán artístico.

Rubén Bermúdez, poeta, matemático, gentil hombre, también fue un dionisiaco; en medio la demencia báquica raptose una muchacha de las mejores de Juticalpa. Hubo escándalo en la localidad, verdadero escándalo, pero sin beatería por cultivarse allá, desde antaño, el libre pensamiento que tolera la libertad de amar. Fue más bien unescándalo admirativo, con envidias de las hembras por el varón y envidias de los varones por la hembra. Cada quien por su rumbo regional y tropical”.


La chica a quien Rubén, en estado animoso “raptó”, fue su segunda esposa, la misma que con el tiempo y con la fe, se convertiría en poeta: Ada Marina Navas, sobrina de otra gran mujer y escritora olanchana, Paca Navas de Miralda. Con Ada Maria, Rubén convivió hasta el mismo momento de su muerte, ocurrida, como ya dijimos antes, en 1930.

En 1933, después de 3 años de muerto, aparece “crisálida” órgano portavoz del Ateneo “Rubén Bermúdez”. Esta era una revista quincenal hecha por estudiantes del Instituto “José Trinidad Reyes” de San Pedro Sula y calorizada por un grupo selecto de maestros de la misma institución. “Crisálida tuvo 47 números, callando sus palabras, finalmente en 1935.

Antonio, el mayor, menos bohemio y más sensato que Rubén, vivía en ese entonces en Tegucigalpa. Nunca escribió versos –ese campo perteneció siempre a Rubén –pero  si ensayo, prosa poética y sacó las fuerzas y el talento necesario para escribir dos novelas. O la vez aquella, cuando con voz sonora, atribulada y lírica, despidió a Clementina Suárez, quien partía en busca de romances e ilusiones, a México:

“Clementina Suárez se nos va. Vedla, delicada y grácil, como una muñeca de celuloide o porcelana, pródiga de sus sonrisas bienhechoras y de sus miradas perdidas en ignotas lejanías, en donde la luz trenza ensueños de diamante. Su pequeña alondra interna, temblorosa de emoción, agita las alas entumecidas, en el ritmo litúrgico con que se inicia el vuelo.

Clementina se nos va. Con ella marcha un grupo de ilusiones en fuga. ¿Para dónde se dirige? Ella lo ha pensado quizás; pero en verdad no lo sabe. Como los espíritus eternamente atormentados de inquietud, al través de las ondulaciones en que la vida va desenvolviendo los hilos misteriosos del destino, ella lleva en su alma la angustia de una visión de amor y de ensueño siempre perseguida y nunca alcanzada. Es una visión de luces centellantes. Y tras esa visión, la alondra interna abre las alas en el afán clamoroso que dice: Vuela! Y tras esa visión, la amorosa abre su pecho a la esperanza, en el anhelo mortal que le grita muy dentro de sus ser: Ama! Y tras esa visión, que corre como una fantasía siempre en frente de su sueño deslumbrante,, la poetisa va sembrando  su ruta con sangre de ilusión, que florece en versos, y con carne de dolor y vida, que palpita dulcemente en prosas cálidas y fuertes”


Antonio Bermúdez Meza, publicó su primer libro, una novela, en 1906, a la que tituló “AURORA”, y agregó como un aporte a su origen “Trágica Historia escuchada ante los muros de un viejo cementerio”. Según el profesor Rubén Antunez, dicha novela sería “La primer obra literaria publicada por escritor alguno en San Pedro Sula”. Más tarde, engrosaría su propio repertorio bibliográfico, al publicar una segunda obra, compuesta por artículos diversos a la cual le tituló sabiamente “PRISMAS”, 1938.

Este libro agrupa la versada pluma de don Antonio de los campos de la semblanza biográfica, el comentario critico, el juicio literario, así como también recoge la critica sobre su propia obra vertida por los escritores y periodistas de entonces, tales como Clementina Suárez, Augusto C. Coello, hijo; José Rodríguez Cerna y el connotado critico salvadoreño Gilberto González y Contreras.

Antonio Bermúdez Meza, fue también ese apasionado del periodismo. En este campo y viviendo en San Pedro Sula, funda “El Imparcial”, quincenario, cuyo primer número salió a luz el 15 de enero de 1927. También a don Antonio se le atribuye haber dirigido una publicación literaria de periodicidad semanal llamada “El Palimpsesto”, de la cual, a la verdad, no se han podido encontrar ejemplares.

En 1939, publica su segunda novela: “ESTHER LA CORTESANA”. A juicio del pologuista de esta novela, el malogrado escritor Augusto C. Coello, hijo, esta novela trata:”…del drama interior de una mujer, cuyo destino parece se el de sembrar implacablemente a su paso el deseo lacerante y lúbrico, la pasión desatentada, el veneno maldito de la carne que se esparce y se filtra en la médula hasta la desesperación y la tragedia final”.

Su última obra publicada, amén de las incontables jurídicas y legislativas, fue un tomo de empaste gris, al cual tituló “ESTUDIOS Y DISCURSOS”, casi como el summun de su pensamiento político y literario. El libro apareció en 1946, a dos años antes de su muerte, acaecida en Tegucigalpa en 1948, actuando a la sazón como Magistrado a la Corte Suprema de Justicia.

En vida, contrajo nupcias con Alejandrina Milla, en Gracias, en 1915, y con ella procreó 5 hijos, contándose entre ellos a la Ex primera dama de la nación, profesora Alejandrina Bermúdez V. de Villeda Morales, el también escritor, Héctor Bermúdez Milla y Mercedes, Alicia y Antonio, ya fallecido.

Desaparecidos ya Rubén y Antonio, volvamos a Néstor. Este en 1938, se había trasladado como encargado de la Legación hondureña en la Habana, Cuba. El ambiente cultural cubano de esa época era rico. Revistas de carácter continental se imprimían en la Isla hacia el resto de América y también se consolidaban los distintos grupos de artistas  y literatos. Espoelado por ese ambiente y la reminiscencia  patria y acudiendo al llamado de la sangre, comenzó a escribir y publicar sus obras. Si Rubén fue un atormentado de la poesía y si Antonio se orló de prosa y lirismo, en Néstor creció la hondura cívica, misma que caló en sus entrañas para impelerlo a escribir.


En 1939, dio a luz a su primer obra: Escritores de Honduras; Perfiles Fugaces “Breves lineamientos o breves relámpagos de estilización”, como bien dijera en el prólogo de este libro, tomo I, el escritor nicaragüense Santiago Argüello, para continuar diciembre: “Esos perfiles se desvanecen al tocarlos. Tienen de exhalación en lo rápidos y en lo de no deja tras ellos sino lo que deja la evanescencia de una estela al paso de una quilla de luz…”.

El tomo segundo de “Escritores de Honduras”, vio la luz en la Habana en el año de 1941. Como para aspirar una “perla” de estas, leamos la dedicada al vate comayagüense Ramón Ortega: “… Ramón Ortega tallaba en las canteras del espíritu prestigiosas cariátides, labraba en la porcelana de la estrofa desconcertantes arabescos y aspiraba al amparo de la tarde, en la amapola roja del ocaso, el delicado aroma inextinguible que perdura en la maceta de sus versos como un fresco perfume de montaña que viniera de lejos.”

Su posterior libro, “Mensajeros del Ideal”, llevaría la misma tónica del anterior: lirismo desbordando la imagen hasta el límite o confín de la palabra.

Ensalza este libro, las virtudes cívicas y ciudadanas de distinguidos hombres y mujeres latinoamericanos y por supuesto, también de hondureños. “Facetas”, en 1942; “Florilegio Cívico”, en 1943 y “En Homenaje a Honduras”, 1944, redondean la obra cultural y literaria de Néstor Bermúdez, a quien la particularidad permitió editar todas sus obras en la Habana, Cuba.

Bermúdez, quien acostumbraba vestir de riguroso blanco, lo que le daba una estampa austera, contrajo matrimonio con la también olanchana, doña Virginia Zelaya, en Trujillo el 19 de agosto de 1931. Procrearon dos hijos, Virginia y Alejandro. Don Néstor, después  de rendir tributo a su último trabajo como diplomático en Panamá, se retiró y vivió sus últimos años en San Pedro Sula, ciudad donde falleció en el año de 1968.


Pero la sangre no descansa. De los tres Bermúdez, queda la herencia aprisionada en la palabra. Una herencia que nuevamente coge el derrotero final de la orla literaria. Héctor, hijo de Antonio, es conocido como poeta y narrador; Hernán y Alejandra, nietos de Antonio, podan palabras en ensayos y versos, y Ana María, nieta de Rubén acaba de publicar sus primeros versos enfundados en flor. Como ven, hay Bermúdez para rato.


La Paz, Noviembre de 1998









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